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Bienvenidos a la economía de la atención: ¿por qué estamos enganchados a las pantallas y cómo podemos evitarlo?

By on 12-14-2020

Te hemos preparado una lista de recomendaciones basadas en la ciencia para ayudarte a controlar los malos hábitos digitales y recuperar el control

En el mundo actual en el que vivimos, la inmensa mayoría de los adultos tienen la sensación de que deberían pasar menos tiempo pegados a la pantalla, e incluso los más pequeños admiten que abusan del uso del teléfono móvil. Sin embargo, muchos de los hábitos digitales que hemos desarrollado rozan la adicción, y corregirlos puede llegar a convertirse en un auténtico desafío. Afortunadamente, ahora conocemos la razón. La atracción que este tipo de dispositivos ejerce sobre nosotros tiene una explicación científica, y entender cómo funcionan estos desencadenantes de origen biológico y las empresas que los explotan puede ser un primer paso muy importante a la hora de recuperar el control sobre el uso que hacemos de la tecnología.  

La economía de la atención

Antes de empezar a ahondar en los aspectos científicos de estos mecanismos, es necesario tener en cuenta también algunos conceptos económicos. A lo largo de la última década, hemos pasado a formar parte de la denominada «economía de la atención», un nuevo sistema económico en el que la divisa no es el dinero, sino nuestra atención —lo que la revista Wired ha denominado «una teoría radical del valor»—. En este sistema económico, los servicios digitales que utilizamos para acceder a las redes sociales, las noticias, los videojuegos, los sitios de entretenimiento, el correo electrónico, los chats de mensajería, etc., son «gratuitos»: no tenemos que pagar dinero por utilizarlos. Sin embargo, debemos tener en cuenta que sigue produciéndose un intercambio de valor. 

Las empresas tecnológicas que proporcionan este tipo de servicios utilizan el tiempo que dedicamos a sus productos para incrementar el valor de su negocio. Para ello, recopilan datos sobre nosotros y se los venden a los anunciantes, quienes a su vez los utilizan para personalizar sus anuncios o conseguir que interactuemos con otros usuarios de esas mismas plataformas, las cuales vuelven a recopilar información sobre nuestros hábitos. Este ciclo se repite una y otra vez, y las empresas obtienen cada vez más información sobre nuestro perfil y sobre nosotros durante el proceso. 

Estas empresas tienen una motivación económica para asegurarse de que dediquemos más tiempo y atención a sus servicios, es decir, para mantenernos «enganchados». En pocas palabras, el tiempo que les dedicamos es su divisa. Su negocio se basa en nuestra atención. 

Volvamos ahora a la ciencia. No exageramos al afirmar que las empresas guiadas por la Economía de la Atención no conocen a la perfección, mejor de lo que lo hacemos nosotros mismos (o de lo que lo hace nuestra pareja). Además de dominar la tecnología, también son auténticos expertos en el campo de la psicología, las necesidades y la biología humanas. Son conscientes de que necesitan crear productos y servicios que apelen a nuestros instintos y necesidades. 

La jerarquía de las necesidades de Maslow

La jerarquía de las necesidades de Maslow es un marco conceptual utilizado en psicología para explicar las motivaciones humanas. Se basa en la idea de que, una vez cubiertas nuestras necesidades básicas (comida, refugio, calor, seguridad y protección), desarrollamos una serie de necesidades psicológicas, como la necesidad de pertenencia y la de ser amados, que también aspiramos a satisfacer. Solo cuando estas necesidades han sido atendidas podemos empezar a cubrir nuestras necesidades superiores, como la necesidad de autoestima o la de autorrealización (la cual consiste básicamente en alcanzar todo nuestro potencial).   

Imagen 1: la jerarquía de las necesidades de Maslow. Fuente: simplepsychology.org

Muchos de los servicios basados en la atención que utilizamos en la actualidad tienen como objetivo fomentar un sentimiento de pertenencia, conexión y comunidad. Las redes sociales, el correo electrónico o las aplicaciones de mensajería son buenos ejemplos de ello. Nos permiten comunicarnos rápidamente y conectar con los demás, y nos hacen sentir que formamos parte de algo más grande. Satisfacen una necesidad básica de pertenencia y, en este sentido, muchos de estos productos pueden resultar muy valiosos para nosotros como usuarios.  

Otros servicios constituyen una fuente de información o de entretenimiento, dos conceptos por los que nos sentimos instintivamente atraídos. Los humanos somos curiosos por naturaleza. Queremos mantenernos informados, entretenernos y entender cómo funciona el mundo que nos rodea. La posibilidad de conectar con otras personas con tan solo un toque apela a nuestros deseos naturales y nos genera una necesidad.

El modelo Hook

Una vez que hemos creado una cuenta, estas aplicaciones y servicios están diseñados para que nos habituemos a utilizarlos y mantenernos cada vez más enganchados. Nir Eyal, especialista en diseño conductual, ha dado la voz de alarma sobre muchos de estos productos. Su denominado modelo Hook explica que, cuando nos vemos atraídos por un producto mediante algún tipo de desencadenante (por ejemplo, una notificación), le dedicamos más atención y llevamos a cabo una acción determinada (como navegar por la cronología de actividad de una red social o la página de inicio de un sitio web de noticias). Sin embargo, el resultado de dicha acción es incierto; es decir, se trata de una «recompensa variable». Es posible que encontremos algo positivo o informativo en la cronología, que no haya nada nuevo o que el contenido que encontremos resulte deprimente. Según explica Nir, «es esta emocionante yuxtaposición de lo relevante y lo irrelevante, de lo extraordinario y lo cotidiano, de lo hermoso y lo vulgar, lo que revoluciona el sistema de dopamina de nuestro cerebro con la promesa de una recompensa».  

Una vez que hemos experimentado esta reacción química, es difícil no desarrollar una adicción. Este tipo de hábitos suelen formarse cuando nos volcamos excesivamente en un producto y contribuimos todavía más a perpetuar el ciclo, ya sea compartiendo contenidos (p. ej., una foto, un mensaje o una noticia) o aumentando el tiempo y la energía emocional que le dedicamos. Esta atención sostenida en el tiempo aumenta las probabilidades de que nos expongamos a nuevos desencadenantes («¿Le ha gustado a alguien mi foto? ¿Hay alguna noticia similar que deba leer? ¿Quién más está leyendo esto?, etc.»), los cuales hacen que volvamos a utilizarlo. Y, por lo tanto, el ciclo vuelve a comenzar.  

Imagen 2: el modelo Hook de Nir Eyal 

Este ciclo genera adicción mediante el uso de las recompensas variables. Se trata del mismo mecanismo que utilizan los juegos de azar y las máquinas tragaperras. Cada vez que metemos una moneda, las frutas giran. Si obtenemos tres manzanas en una máquina, el equivalente a dar un me gusta en Facebook o a recibir el mensaje de texto que estábamos esperando, nuestro cerebro libera una sustancia química llamada dopamina. La dopamina nos proporciona una sensación de felicidad, y volvemos a repetir voluntariamente el proceso para obtener más. Sufrimos cada vez que no recibimos esa recompensa positiva, pero el mero hecho de participar en la búsqueda es suficiente para mantenernos enganchados.  

A medida que este tipo de productos basados en la atención recopilan más datos sobre nosotros, comprenden cada vez mejor qué nos mantiene enganchados, con qué anuncios interactuaremos, y qué tipo de contenidos tienen más probabilidades de mantener nuestra atención durante más tiempo. A primera vista, este hecho puede parecernos beneficioso; después de todo, es lógico que prefiramos recibir anuncios relevantes en lugar de aleatorios. Sin embargo, debes tener en cuenta que, a menos que seamos conscientes de cómo funcionan estos productos, es posible que también nos estén arrebatando parcialmente nuestro autocontrol, sobre todo en el caso de los niños. 

La naturaleza adictiva de estos productos digitales y la posterior pérdida de control de la que van acompañados son la principal razón de que nos resulte tan difícil superar nuestros malos hábitos digitales. El control es la primera de las cuatro C que conforman el modelo que he elaborado para ayudar a las personas a alcanzar el bienestar digital, y el primer paso para disfrutar de una vida digital más sana ¿Cómo podemos superar los efectos adictivos de estos productos inteligentes y recuperar el control? 

Recomendaciones para recuperar el control  

  1. Aprende a utilizar la tecnología de forma consciente.  
    Acostúmbrate a cuestionarte a ti mismo. Plantéate la siguiente pregunta: «¿soy yo quien ha elegido utilizar esta aplicación ahora o es ella la que ha decidido utilizarme a mí?». Revisa constantemente las opciones de privacidad y el uso de datos para informarte sobre cómo se recopilan tus datos y con qué fin. Esto te ayudará a evaluar el uso de la tecnología de una forma más crítica. Advierte a tus hijos sobre la existencia de estas técnicas adictivas. La mayoría de los niños desconocen lo que sucede «detrás de la pantalla».
  2. Aprende a ser consciente de ti mismo y de tus hábitos.
    Calcula el tiempo que pasas conectado al día. Hay aplicaciones nativas y de control parental y herramientas para supervisar el uso de la tecnología como Qustodio que pueden ayudarte a hacerlo. Elige los momentos del día y las áreas de la casa en los que vas a limitar el uso del teléfono para probar cómo te sientes cuando no estás conectado. Anota tus sentimientos al respecto.
  3. Establece unos límites claros.
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Recuerda que a día de hoy hay disponibles más de 2,8 millones de aplicaciones en la Play Store de Google, y 2,2 millones en la App Store. Eso supone más del doble de las aplicaciones que existían hace 5 años. La industria publicitaria digital generó un total de 304 mil millones de dólares a nivel global en 2019, y está previsto que crezca cerca de un 21% anual a lo largo de los próximos 5 años. La economía de la atención se ha convertido en un negocio muy lucrativo, y los productos y servicios que utilizamos se ven obligados a poner toda la carne en el asador para poder competir por nuestra atención.  

Si aprendemos a ser conscientes de nuestros hábitos digitales y recuperamos el control sobre ellos, seremos capaces de desconectar con más frecuencia, podremos desengancharnos más fácilmente y lograremos alcanzar el bienestar digital no solo como individuos, sino también como padres y como familia. 

Georgie Powell

Georgie es la embajadora de Qustodio en Reino Unido y la primera ejecutiva de Phone/Life Balance, una empresa que ofrece apoyo a los investigadores interesados en el bienestar digital. Es madre de dos niñas pequeñas.

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