Cómo proteger a los niños de la sobreexposición en Internet

Family taking a selfie

Imagina que tu hija de 14 años publica una foto suya en el vestíbulo del colegio y añade una etiqueta con su ubicación. Al mismo tiempo, tú compartes un vídeo del primer partido de fútbol de tu hijo pequeño con su nombre completo en la descripción y el logotipo del colegio claramente visible en su camiseta. Ninguno de los dos se lo piensa dos veces antes de hacerlo. Así es como las personas terminamos sobreexponiéndonos en Internet: no porque tengamos mala intención, sino porque nadie se detiene a pensar en cuáles pueden ser las consecuencias.

En un mundo en el que compartir nuestro día a día en Internet se ha convertido en un hábito automático tanto para los niños como para los adultos, entender qué aspectos de nuestra vida debemos proteger es una de las competencias digitales más importantes que puede desarrollar una familia.

¿Qué significa sobreexponernos en la Red y qué consecuencias puede tener?

Cuando hablamos de «sobreexponernos», nos referimos a compartir una imagen, un comentario o un vídeo que revelan más información personal sobre nosotros de la que es seguro o prudente difundir. Las consecuencias pueden perseguir a los niños o a toda la familia durante años. Estos son algunos de los principales riesgos que conlleva esta práctica:

  • El robo de identidad y otro tipo de estafas: su nombre, la fecha de su cumpleaños, el nombre de su colegio, su localización o sus rutinas diarias (extraídos de varias publicaciones) pueden ofrecer a cualquier individuo con malas intenciones la información necesaria para poder suplantar la identidad de los más pequeños o convertirlos en sus víctimas.
  • La huella digital permanente que deja: lo que publicamos en Internet rara vez desaparece por completo aunque lo borremos. Es posible que otras personas hayan realizado capturas de pantalla que sigan circulando por la web. Cada vez es más habitual que los departamentos de Admisiones de las universidades y las empresas busquen el historial digital de los candidatos que optan a una plaza o a un puesto. 
  • El ciberacoso y otros comportamientos similares: las fotos y la información que compartimos sin pensar pueden sacarse de contexto o ser utilizadas con fines maliciosos.
  • La posibilidad de que nuestros hijos entren en contacto con algún depredador: las etiquetas que muestran la ubicación en tiempo real, cualquier elemento visible que permita identificar su colegio y los datos públicos de sus perfiles hacen que a los individuos con malas intenciones les resulte más fácil localizar a los menores.

Por qué los preadolescentes y los adolescentes son más vulnerables a estos riesgos

Uno de los aspectos en los que más hago hincapié a la hora de abordar este tema con los padres es que la sobreexposición supone un riesgo mucho mayor para los jóvenes de estas edades debido a la forma en la que madura el cerebro. Los estudios que se han llevado a cabo sobre el proceso de toma de decisiones del cerebro de los adolescentes indican que las áreas cerebrales responsables del control de los impulsos, la formación de opiniones y la capacidad de prever las consecuencias de sus actos a largo plazo se desarrollan lentamente a lo largo de la adolescencia y no terminan de madurar hasta bien entrada la veintena. El sistema de recompensas del cerebro, sin embargo, sí está muy activo durante esta etapa. Las gratificaciones que reciben en términos sociales —ya sea en forma de «me gusta» o comentarios, o cuando la gente comparte sus publicaciones— genera una fuerte respuesta por parte de estos mecanismos.

Eso significa que un niño de 12 años suele estar menos preparado a nivel neurológico que uno de 16 para detenerse a preguntarse «¿Qué pasará si publico esto?» antes de pulsar el botón Compartir. Es más probable que un adolescente más joven actúe movido por la perspectiva de obtener una satisfacción inmediata desde el punto de vista social al publicar que que se detenga a considerar qué opinión puede merecerle una foto a su futuro jefe, o qué cantidad de información personal puede obtener un extraño al ver dicha imagen.

Esta es una de las razones por las que recomiendo que los más pequeños no dispongan de una cuenta propia en las redes sociales antes de los 16, y desde luego nunca antes de los 13 (la edad mínima legal). La cuestión de si nuestros hijos están preparados para usar estas plataformas no depende tanto de las normas que hayamos establecido como de su grado de madurez cognitiva, y esa madurez solo se adquiere de manera gradual.

Teenage girls using smart phones

Cómo enseñar a tus hijos a hacer una pausa antes de publicar

Incluso en el caso de los adolescentes que ya tienen una cuenta en las redes sociales, detenerse a reflexionar antes de publicar algo no es un instinto con el que hayan nacido, sino un hábito en el que hay que educarles de forma activa. Las investigaciones sobre la sobreexposición de los adolescentes en la Red indican que los jóvenes que sufren ansiedad, intentan llamar la atención o desarrollan alguna clase de adicción a las redes sociales también suelen ser los que más tienden a sobreexponerse en el mundo digital. Eso significa que, con frecuencia, los menores más vulnerables a nivel emocional son los que más comparten su vida en el mundo digital, y de la forma más insensata posible. 

Estos son los hábitos más importantes que puedes inculcarles a tus hijos a lo largo de vuestras conversaciones:

  1. Acostumbrarse a hacer una pausa para pensar en los tres tipos de personas que pueden ver sus publicaciones. Antes de publicar algo, anímales a preguntarse: «¿Me sentiría cómodo si mi profesor viera esta publicación? ¿Y mi futuro jefe? ¿Y un desconocido que no me conozca de nada?». Si la respuesta a cualquiera de estas preguntas es no, es mejor que no lo publiquen.
  2. Ser conscientes de la información que revelan (aunque sea de forma indirecta). Una foto puede mostrar a qué colegio van a partir de un uniforme o un logotipo, pero también vuestro barrio a partir del nombre de una calle o un lugar emblemático, e incluso vuestra casa si hay alguna dirección visible. Enséñales a examinar las fotos que quieren publicar y a preguntarse: «¿Qué pueden averiguar sobre mí los demás al ver esta foto?».
  3. Nunca compartir su localización en tiempo real. Publicar que están en el centro comercial con sus amigos cuando aún siguen ahí significa que cualquiera que esté observando podrá conocer su ubicación exacta. Asegúrate de que comprendan que deben reservar las publicaciones con alguna etiqueta de localización para compartirlas cuando se hayan ido de ese sitio en concreto, o evitarlas directamente.
  4. Entender que nada es verdaderamente privado ni temporal. Cualquier lista de «amigos cercanos» puede incluir a alguien que se dedique a hacer capturas de pantalla, y hoy en día es posible guardar incluso los mensajes de Snapchat.
  5. Proteger a los demás, no solo a sí mismos. Conciénciales de la importancia de pedirles permiso a sus amigos antes de publicar cualquier foto en la que salgan, y de no compartir nunca información personal sobre otras personas, detalles privados sobre sus problemas sentimentales ni ningún momento vergonzoso que hayan protagonizado sin su consentimiento.
  6. No dejarse llevar nunca por las emociones a la hora de publicar algo. Los adolescentes tienden a sobreexponerse más cuando están enfadados o emocionados, o cuando buscan algún tipo de validación. Acordar que deberán esperar 24 horas antes publicar nada que responda a un impulso emocional es una buena forma de evitar arrepentimientos futuros.

La concienciación debe ir en ambos sentidos

Es fácil centrarse únicamente en lo que publican niños y pasar por alto nuestros propios hábitos. Sin embargo, la realidad es que hay muchos padres que sobreexponen a sus hijos en la Red y, a menudo, empiezan a hacerlo mucho antes de que los más pequeños puedan siquiera expresar su opinión al respecto.

El sharenting es una práctica que consiste en publicar de forma habitual imágenes, vídeos e información sobre tus hijos en Internet, y conlleva riesgos muy reales. Por lo general, la huella digital de los niños comienza a formarse en su infancia, y son los padres los que se encargan de generarla antes de que los menores sean conscientes de qué tipo de información están compartiendo sobre ellos. Los avances que se han producido en el campo de la IA y las tecnologías de reconocimiento facial hacen que rastrear e identificar fotos publicadas hace años sea más fácil que nunca, incluso en el caso de imágenes que creíamos que eran relativamente privadas en el momento en el que fueron publicadas.

A continuación, encontrarás una serie de consejos que merece la pena que tengas en cuenta al respecto:

Pídeles permiso a tus hijos antes de publicar cualquier cosa sobre ellos

Es importante que los padres no publiquemos nada sobre nuestros hijos adolescentes o preadolescentes sin hablar antes con ellos y pedirles su consentimiento. Muchos niños aseguran que se sienten avergonzados y traicionados cuando entran en Internet por primera vez al llegar a la adolescencia y descubren que sus padres llevan años documentando y compartiendo públicamente su vida.

Nunca difundas datos sobre su localización, algún tipo de contenido que permita identificar su colegio ni su nombre completo

Toda esta información parece inofensiva por sí misma, pero repartida a lo largo de diferentes publicaciones puede permitir que cualquier desconocido se haga una idea bastante clara de cómo es la vida cotidiana de nuestros hijos sin que los padres seamos conscientes de ello.

Ten en cuenta las consecuencias a largo plazo de la huella digital que estás generando

Antes de que publiques esa foto tan adorable de su baño, un vídeo sobre una rabieta o una publicación sobre un problema de salud o de comportamiento, piensa detenidamente en cómo pueden sentirse cuando vean ese contenido a los 16 o a los 20 años. Es importante que reflexiones sobre si realmente tienes derecho a tomar esa decisión por ellos.

Revisa periódicamente la configuración de privacidad

La opción Solo amigos ofrece más protección que las publicaciones públicas, pero solo si tu lista de amigos está compuesta por gente a la que conoces de verdad y en la que puedes confiar.

Utiliza la ayuda de alguna herramienta de control parental

La mayoría de las familias usan las herramientas de control parental como Qustodio principalmente como una forma de limitar el tiempo que pasan los niños delante de la pantalla, pero también pueden ser muy útiles a la hora de controlar la sobreexposición en la Red por el grado de visibilidad que ofrecen. 

Conocer qué plataformas emplean tus hijos y cómo lo hacen puede ser un buen punto de partida para enseñarles habilidades importantes. Si ves que han creado una cuenta en una nueva plataforma o que han cambiado de hábitos a la hora de usar las aplicaciones —por ejemplo, que han empezado a utilizar alguna red social por la noche—, considéralo como una oportunidad para hablar con ellos. Sentaos juntos para revisar sus últimas publicaciones y debatid qué conclusiones podría extraer de ellas un desconocido. Estas conversaciones son mucho más efectivas que cualquier regla, y solo podemos tenerlas cuando contamos con la suficiente información para iniciarlas. 

Las herramientas de control parental también pueden ser muy útiles en el otro sentido. Si reconoces que tú también tienes la costumbre de registrar y publicar cada momento de vuestra vida familiar, usar Qustodio para aplicarte esos mismos límites a ti mismo puede ser el primer paso para abordar el problema.

Dales ejemplo con tu propio comportamiento

Ninguna regla que les enseñes a tus hijos a la hora de desenvolverse en el mundo digital es tan importante como darles ejemplo haciendo una pausa para reflexionar antes de publicar algo. Cuando los niños ven que sus padres piensan en voz alta («Me gustaría compartir esta foto, pero déjame comprobar que no sale nuestra calle»), interiorizan la lección y este hábito mejor de lo que lo harían si les diéramos un sermón o les obligáramos a respetar esa norma.

La costumbre de hacer una pausa para reflexionar antes de publicar no es solo una máxima que les inculcas a tus hijos, sino una práctica que beneficia a toda la familia.